La caída del Muro de Berlín ha sido con diferencia el acontecimiento histórico más importante, y también más feliz, que he vivido. Significó la libertad para millones de personas atrapadas hasta entonces en la brutal dictadura comunista y permitió reunificar una Europa dividida durante cincuenta años por las alambradas de la vergüenza. El derrumbe de ese muro es el símbolo de que el ansia de libertad que anida en todo ser humano es capaz de derribar cualquier dique totalitario.
Veinte años después de esa explosión de libertad mi temor es que la democracia vuelve a estar acorralada. En el mundo musulmán emerge un fundamentalismo violento que no sólo ahoga en sangre a muchas de sus sociedades, sino que ha declarado la guerra a Occidente por entender que es la libertad su peor enemigo. Un radicalismo islámico que ha hecho del terror su principal arma estratégica para culminar su delirio totalitario. En esta misma línea, el empeño de un régimen totalitario como el de Irán por dotarse de armas nucleares puede elevar un nuevo muro atómico en el que queden aprisionados bajo una dictadura teocrática muchos millones de personas y amenazada con el holocausto nuclear buena parte de la humanidad, empezando por Israel.
China, que va camino de convertirse en la próxima década en la primera potencia económica del mundo, sigue siendo una dictadura comunista en la que el respeto a los derechos humanos es permanente cuestionado. Su creciente influencia internacional y su emergente poder militar no ayudarán mucho a la causa de la democracia mientras siga gobernada por un partido único y restringiendo las libertades de sus ciudadanos.
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