
Estuve el fin de semana en el Congreso de Nuevas Generaciones de Palencia. Que nuestros jóvenes eligieran la fecha de su asamblea haciéndola coincidir con la caída del Muro de Berlín dice más que ningún otro discurso de su claridad de ideas, de la profundidad de sus convicciones y su amor a la libertad. Si de algo debe sentirse orgulloso hoy el Partido Popular en Palencia es de sus Nuevas Generaciones.
Me gustó el formato, más fresco, más joven, aunque no exento de riesgos tecnológicos. Un acierto pleno el video de balance de gestión con el que nos obsequió Vanesa. La reelección de Carlos Urueña con el 95 por ciento de los votos no tuvo nada de búlgara, fue el reconocimiento prácticamente unánime a un trabajo bien hecho en estos cuatro años y la confianza en que lo hará aún mejor los próximos con un equipo obligadamente renovado por la edad. Todos los que hemos trabajado con Carlos conocemos bien la calidad humana, intelectual y política de un joven que vive su vocación política con pasión, con responsabilidad y con compromiso.
En un momento en el que muchos jóvenes pasan de política es un verdadero lujo el equipo que Carlos Ureña ha convocado en las Nuevas Generaciones de Palencia. A quién crea que en política no se pueden hacer amigos le aconsejaría que se aproximara a ellos para comprobar lo contrario. Son jóvenes que dedican mucho tiempo de su ocio a trabajar no sólo por el PP, sino por intentar mejorar con sus ideas la sociedad en la que viven. Son, sin duda, un orgullo y un ejemplo para todos los que formamos parte de este gran partido.
Me gustó el formato, más fresco, más joven, aunque no exento de riesgos tecnológicos. Un acierto pleno el video de balance de gestión con el que nos obsequió Vanesa. La reelección de Carlos Urueña con el 95 por ciento de los votos no tuvo nada de búlgara, fue el reconocimiento prácticamente unánime a un trabajo bien hecho en estos cuatro años y la confianza en que lo hará aún mejor los próximos con un equipo obligadamente renovado por la edad. Todos los que hemos trabajado con Carlos conocemos bien la calidad humana, intelectual y política de un joven que vive su vocación política con pasión, con responsabilidad y con compromiso.
En un momento en el que muchos jóvenes pasan de política es un verdadero lujo el equipo que Carlos Ureña ha convocado en las Nuevas Generaciones de Palencia. A quién crea que en política no se pueden hacer amigos le aconsejaría que se aproximara a ellos para comprobar lo contrario. Son jóvenes que dedican mucho tiempo de su ocio a trabajar no sólo por el PP, sino por intentar mejorar con sus ideas la sociedad en la que viven. Son, sin duda, un orgullo y un ejemplo para todos los que formamos parte de este gran partido.

3 comentarios:
http://www.elsemanaldigital.com/blog.asp?idarticulo=102193&cod_aut=
Santi Abascal, otro joven que comenzó en NNGG y fue presidente de éstas en el País Vasco de 2000 a 2005 y que dice las cosas bien claritas. Lástima que no se le haga el caso que merecen sus atinadísimos análisis.
No será tanto la fuerza de los jóvenes, sino la fuerza de las ideas, de sus ideas, de los principios, valores y convicciones y una numantina defensa de la libertad la que hagan posible frenar el desastre del rancio socialismo caduco que hoy padecemos.
"1989-2009
Después de Berlín
David Jiménez Torres
Ayer los políticos unierson sus escasas convicciones a su acreditado oportunismo y celebraron el día en que Europa se reinventó, se supone, como un continente unido y que serviría de estandarte de la democracia liberal y la libertad individual. Con la clarividencia que presentan veinte años de perspectiva y las innumerables revelaciones sobre lo que de verdad ocurría en el bloque soviético, pueden presentar a Europa como el campo de batalla en que se impuso la libertad. Y proclamar, se supone, la adopción de la misión de Europa occidental (entendiendo "misión" no en clave providencialista sino como una forma común de respuesta ante los desafíos) como la propia del continente entero. La oposición de entonces hacia esta misión en el propio campo en el que se propugnaba, se obvió en favor de una imagen de unanimidad y consenso.
Esto no es negativo ni mucho menos: la celebración de la caída del muro de Berlín debería servirnos para mirar hacia atrás y ponernos de acuerdo en enterrar de una vez el cadáver bastante insepulto del socialismo real; no estaría de más recordar que en su nombre las Nuevas Brigadas Rojas asesinaban, todavía en el 2002, al economista italiano Marco Biaggi; y esto antes de la crisis económica mundial. Pero también deberíamos utilizar esta celebración para reflexionar sobre el camino que ha tomado Europa desde entonces. La Historia debe usarse tanto para la reflexión directa como para la reflexión transversal.
Nuestro continente parece hoy en día más o menos convencido de su unión: estamos en desacuerdo (por no decir en situación de franco desconcierto) sobre los términos, pero no dudamos de ella como hecho fundamental. No sucede lo mismo con la idea de una misión de Europa. La idea de nuestro continente como estandarte de la libertad individual, como hermano de Estados Unidos en la idea y los valores de Occidente, la hemos proyectado, sí, pero solamente hacia adentro, y aun así de forma dubitativa. Como consecuencia directa de la caída del Muro, vivimos la verdadera belle epoque de la historia de la Humanidad; pero hemos hecho poco por su extensión al resto del mundo. Y los periódicos abundan en ejemplos de la necesidad de un esfuerzo en este sentido: no sólo por la recesión de los logros democráticos en países de Europa del este, siendo Rusia el mejor (y peor) ejemplo; sino también por la precaria situación de la guerra de Afganistán, por la oleada de atentados talibanes en el vecino Pakistán, por el endurecimiento del régimen teocrático iraní y por la posibilidad real de que éste adquiera armas nucleares con que apoyar sus delirios islamistas. Eso por no hablar de la situación dentro de la misma Europa, donde gente como Ayaan Hirsi Ali debe vivir con escolta por denunciar la sinrazón islamista.
Parece, por tanto, que las conclusiones que deberían haberse sacado de aquel 9 de noviembre que todos celebramos no se han seguido sino a medias. Y esto no parece deberse al afán conciliador de una parte de Europa frente a la otra, sino a la indolencia y al oportunismo de todos. Esto debe cambiar. Europa debe aceptar su misión como ha aceptado su unión: con innumerables dudas con respecto a la forma, pero no con respecto al contenido ni mucho menos al hecho. Berlín no supuso, como bien explicaba Felipe Sahagún en las páginas de El Mundo, un punto y final en la Historia; sólo fue un punto y aparte. Si no miramos más allá, su significado quedará reducido a la nada."
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